Confiar en el deseo

Diente de león

Ayer verbalicé un deseo del cual no era del todo consciente. Mi hermana, que no vive en España, me decía que iba a dejarme las cintas, pegatinas y demás materiales de envolver regalos que le habían sobrado, para que los use yo más adelante, ya que no tenía sentido que se los llevase de regreso en la maleta.

Le dije que eso contaba como regalo de Navidad extra porque siempre he querido —sin decirlo a nadie— tener una estación de artículos para ese propósito u otros propósitos manuales no identificados. Quiero un mueble antiguo de farmacéutico con muchos cajoncitos llenos de cintas, papeles de carta de diferentes tamaños, washi tapes, rotuladores, además de esto:

Una estacíón de papel de regalo con su guillotina individual

Es un deseo muy específico, y no sé qué piensas tú, pero creo que vale la pena albergarlos aunque en realidad en el día a día nos resulte un tanto ajeno, alejado, y no nos de tiempo de ser esas personas. Otro ejemplo en mi caso, es haberme autorregalado un libro de recetas al que le había puesto el ojo desde hace muchos meses cuando en verdad este año (2021), he cocinado muy poco.

Sin embargo, decía que creo en que vale la pena albergarlos porque los deseos nos informan. Aun cuando nos creemos estancadxs o desviadxs, nos dan pistas como las huellas de un jabalí en la montaña, pero tal vez exactamente en el sentido contrario. Mientras más específico el deseo probablemente sea mejor —¿quién soy yo para afirmarlo?—.

Generalmente suelo criticarme por no estar amortizando la compra del libro de recetas desde el día uno pero hoy, en cambio, voy a ver el deseo; clavar mis ojos en su centro, como si se tratara de una luciérnaga atrapada en una lámpara. Escuchar el deseo, atentamente y leer de este, la forma que tiene el futuro, como si cualquier deseo fuera el deseo más relevante, fuera la clave perdida de un caso cerrado, que ya nadie encuentra porque no la andan buscando. Confiar en el deseo como si dijese algo en voz bajita sobre mi identidad secreta, incluso aún secreta para mí.

Prosa Ojerosa

¿Por qué da miedo escribir?

Silla metálica y mesa con mantel artesanal en una cocina

Escribir da miedo porque desenreda los nudos de la cabeza, los espaguetis que con elegancia llamamos sesos, se vuelven menos enrevesados y entretejidos, y se despejan caminos que luego hay que transitar, porque como sucede con todo lo visto, nunca se puede «desver».

Da miedo también porque hacerlo es enfrentarse a un deseo que se alcanza de a poco, como recoger setas cuando apenas ha llovido, y que inclusive tras haber acumulado lo que pareciese un buen abasto de palabras, en un momento dado, puede sentirse similar al aire que atajas cuando intentas pillar una imagen 3D con las gafas puestas. Es un acto de fe que requiere mucha de esta última, y que te enfrenta todo el tiempo a la pregunta para qué.

Para qué estoy haciendo esto, quién necesita más opiniones en el mundo, por qué creo que mi voz es importante. Es como dice Kathy, el personaje de la novela “Crudo” de Olivia Laing (el último libro que abandoné):

“Todo era siempre lo mismo, era el mundo hablando. No tenía sentido odiarlo, o sí, lo odiabas, pero hacerlo era más de lo mismo, sumar otra vocecilla petulante a un coro indecentemente multiplicado.”

La verdad es que sí abandono libros, a veces con la convicción de que volveré a ellos o como en este caso, con la certeza de que volveré a la autora. Pero eso no es importante en este momento.


Cuando nos preguntamos, o en este caso, cuando me pregunto para qué escribir, se me parece demasiado a otras preguntas que quizá parezcan igual de absurdas: para qué ver una película, para qué ir a un concierto, para qué tener esta conversación. Y si me instas a responder: para experimentar el proceso.


Para, como dice Patti Smith, rescatar un pensamiento fugaz del peine del viento.
O más mundanamente, para apuntarlo antes de que se vaya. Antes de que se diluya en el tamiz más rápido del mundo. Poseer esto o aquello. Aunque esto o aquello sea “solo” una idea, y ni siquiera termine por ser tuya en realidad.

Por la satisfacción de la purga verborreica. El proceso de observar, hacer de cualquiera un personaje.

Para admirar una cosa, o un par, o un millón.
.
“Porque el mundo parece tan feo y entonces, hay belleza. ¿No es eso de lo que siempre escribo? De la belleza en la fealdad” ~Gayle Forman

La verdad es que como abandono libros a la mitad, a veces me abandono un poco a mí misma y dejo de escribir porque no hay un objetivo claro de márketing detrás, una acción de venta, vaya, ni siquiera una de intención de tráfico o visibilidad. La verdad es que…

“Todo es muy simple mucho 

más simple y sin embargo

aún así hay momentos

en que es demasiado para mí

en que no entiendo

y no sé si reírme a carcajadas

o si llorar de miedo

o estarme aquí sin llanto

sin risas

en silencio

asumiendo mi vida

mi tránsito

mi tiempo”

Idea Vilariño

La verdad es que sí da miedo, cuando te leen y cuando no te lee nadie.

¿Estás ahí?

¡Buh!

Prosa Ojerosa


María Luisa y el «blue monday»

Es enero, hace frío y acabo de prender una vela con la esperanza de que me ayude a inspirarme y así poder escribir esta entrada de blog para la que cual tengo, a primeras, las ideas contadas.

Al traste ya. Dicen las reglas de SEO que la introducción, es decir, las primeras dos o tres líneas de una entrada, deben contener las palabras claves que la persona en cuestión buscará en Google para encontrarme. Está claro que no sé exactamente quién me busca, y eso, aquí y ahora, en nuestros tiempos, es delito. Dímelo tú, por favor, si es que lo sabes ¿para qué me buscarías?

Tampoco tendría que haber hecho referencia a ninguna época del año en aras de que el contenido se mantenga evergreen, siempre verde, pero estando tan cerca del Blue Monday, me voy a saltar esa recomendación también.

Este último término, según dicen, fue mencionado por primera vez y por tanto, se le adjudica a una empresa de viajes a inicios de los años 2000, que lo sustentaba en una tristeza implícita en el hecho de no poder viajar. Lo que desde 2020 conocemos como cada Monday.

Y para hacer la historia corta, pensando en la posibilidad de que 2021 fuera al menos durante sus primeros meses, un compendio de déjà vus, me he apertrechado (¿quién se atreve a conjugarlo rápido sin mirar?) contra la rutina para recordar que aunque los días se me parezcan entre sí, continúo respirando dentro de ellos.

Tal vez si nos atrevemos a mirar la monotonía a los ojos, esta no nos tiña más de sepia la existencia.

 

¿que cómo me apertreché, dices?

  • Desde que empezó el año, busco ratitos (y rayitos) de sol como el de arriba y cuando los hay, me obligo a salir de casa para sentirlos más directamente.
  • Todos los días antes de dormir, escribo unas líneas sobre ese día en particular y lo que más me gustó de él. Si no encuentro nada, pienso más fuerte.
  • Me obligo a terminar de trabajar a una hora decente, excepto hoy, para que supieras todo esto.
  • Volví a hacer algunas fotos, porque en el verbo ‘volver’ me reconozco, y si me parezco a mí, es más difícil sentirme extraña.

Pero no fue hasta que leí:

Luego comemos una lata de sardinas, naranjas con grandes sorbos de retsina, pan. Todos los días lo mismo y cada día una necesidad fresca de los mismos sabores.»

María Luisa Puga, «Inmóvil sol secreto»

…que me percaté de la pequeña posibilidad de amar lo esperable de cada día y de aliviar, si es posible, la sensación de estar haciendo marcas en la pared en dirección a un evento singular en el trimestre como quien cumple una condena el resto de los días; impostores, de poca monta.

 

Ella sigue:

Sé que uno se puede habituar a todo, de pronto creo que la repetición inyecta vida, lentamente, nada explosivo, a lo mejor podemos ser felices.»

A María Luisa Puga la acabo de descubrir, y según Erna Pfeiffer, ella le ponía especial ahínco a la descripción de los mínusculos, sutilísimos e imperceptibles cambios como un síntoma de vida, un indicio de que esta seguía, continuamente en movimiento.

Supongo que tiene razón María Luisa, y sobre todo estoy segura de que sabe de lo que habla, ahora no me viene la palabra, lo contrario a farsante, como yo a veces me siento, sino que predicaba con ejemplo: resulta que escribió su vida en 327 cuadernos, de 1972 a 2004, así que mucho llegó a saber de los beneficios de un ritual.

el cuaderno 183, foto tomada del archivo Nettie Lee Benson

Estos cuadernos fueron recuperados por su amiga la escritora Elena Poniatowska, quien escribió:

«María Luisa era alta, ponía su brazo sobre mis hombros y caminábamos juntas. Era mi pararrayos, mi paraguas, mi papá. Decíamos que cuando fuéramos viejitas pondríamos una mercería y que ella se sentaría en la caja (de esas de campanita, antiguas) y yo abriría los cajones con los botones y entregaría las agujetas, las presiones y los ganchos, el paspartú, el estrafor. (¡Qué chistosa palabra estrafor!) Cerraríamos la cortina a las siete y atravesaríamos la calle del brazo, con mucho cuidado y juntas nos daríamos el quién vive, juntas descubriríamos de qué tamaño son nuestras posibilidades de odio. Ahora, desde el 25 de diciembre de 2004, hace casi 11 años, lloro porque el mundo sin ella jamás volvió a ser igual y porque me encamino hacia mi propia muerte, ella no va a estar y todavía queda mucho por hacer y no sé si tendré la fuerza de hacerlo sin ella. Sin ella.»

Algunas sueñan con rutinas y otras tenemos rutinas para soñar.

Prosa Ojerosa

 

PD: Cabe la posibilidad de que, como yo, hayas quedado necesitadx de más María Luisa Puga, en ese caso, encuentra aquí su correspondencia con Isaac Levín, de regalo.

La caída del autocuidado

Cestas de fruta y verdura

Huyo de las palabras que se repiten sin cesar no porque yo quiera ser original, (que también, un poquito, porque el maldito ego y tal) sino porque se me parece mucho a cuando pronuncias sin parar jamónjamónjamónjamónjamón y terminas por decir monja.

Entonces, decimos autocuidado, autocuidado, autocuidado y terminamos hablando de mascarillas hidratantes coreanas en “self-care sunday” y también de lo mal que nos hemos portado durante los días de navidad porque hemos comido lo que nos ha venido en gana y estamos esperando el 1ero de enero para resetearnos y volvernos buenxs. Casi dudando de nuestra adultez y de nuestra propia habilidad para nutrirnos.

inserte su palabrota de confianza aquí

 

Soy yo la primera que tiene que recordarse de que mi contexto es mucho mayor que las inmediaciones de mi cuerpo.

Y en respuesta a este pensamiento mío, saldrá una publicación en instagram con una tipografía fantástica, de colores vibrantes, diciendo: “vales más que el número de la balanza” pero seguiremos actuando como si eso no es verdad y nos felicitaremos cuando hayamos bajado de peso, porque ese sigue siendo el principal indicador de (¿falsa?) salud que queremos ver, la salud tiene que ser bonita, porque hace mucho tiempo definimos lo bonito como delgado.

Ya no es 1874, no son los tiempos en que Jane Eyre es felicitada por recuperar el color de sus mejillas y carne alrededor de los huesos, y no es eso lo que quiero tampoco, supongo que lo que me gustaría es dejar de provocar enfermedades de trastornos alimenticios con nuestra priorización del físico y parar de ver la gordura como un defecto o un insulto, aquí, ahora, en el espejo, en las fotos.

También, sería interesante intentar abandonar el mantra cortísimo “ámate más” como quien pretende que en esta sociedad todo está dado para amarte y aceptarte fácilmente. Si de verdad vamos a discutir sobre cuidarnos a nosotrxs mismxs ojalá lo pensáramos en grande:

Otros cuidados, otros contextos

Como no puedo evitarlo, es más fuerte que yo y sigo rindiéndome año tras año a la necesidad imperiosa de hacer alguna que otra resolución, cayendo rendida siempre ante la sensación refrescante de la página en blanco (de eso hablé aquí), hoy mi intención es que construyamos, si tú quieres, dichas resoluciones a lo macro.

Contexto #1: la vida diaria es la vida en total

En broma pero muy en serio, decía por historias en estos días que la limpieza a fondo del lugar que vivimos es una manera de cuidarnos y muchxs estuvieron de acuerdo. Monica Geller estaría de acuerdo.

¿Qué puedes incorporar en tu vida diaria o una vez a la semana que te haga sentir bien, conforme, en orden, al día? Parecerá un chiste, pero levantarme a barrer me salvó de momentos críticos en el confinamiento.

Contexto #2: los límites

¿Hola? ¿Trabajar menos? ¿Decir más que no? ¿Pasar menos tiempo en instagram? ¿Dejar el móvil fuera de la habitación? ¿Tomar más descansos cortos no negociables?

Contexto #3: lo que seríamos si no fuéramos lo que somos

Algunxs queremos secretamente hacer cerámica, lettering y carpintería sin ninguna aspiración de negocio alrededor de ello. ¿Por qué no proponernos a hacer algo una vez al mes, o probar una vez siquiera, solo por hacer algo que te complace? Con-place.

Contexto #4: los medios

Yo, que durante mucho tiempo fui culpable de no entrar a ver la cuenta bancaria, puedo testificar a favor de los beneficios de hacer seguimiento de mis gastos, conocer cuáles son mis compras impulsivas, lo que podría ahorrar al mes… e instaría a cualquiera a la que esto le parezca buena idea, a empezar a hacerlo.

¿Qué dice de mí el uso que hago de lo que dispongo y qué puedo cambiar?

Contexto #5: lxs demás

La inspiración más pertinente me viene de Julie&Julia, donde Julie se propone a hacer una receta de Julia Child diariamente por un año.

¿Cómo voy a asegurarme de disfrutar de los talentos de otrxs de manera constante? ¿Sobre qué o de quién quiero leer más? ¿Saber más? ¿Solo para mí o con alguien más?

Dime, ¿te he dado en qué pensar? Puedes escribir aquí debajo o en privado: ¿cuáles otros cuidados van a tomar prioridad este año?

Prosa Ojerosa

 

 

Influencers de sombrero y otras prácticas heterodoxas

Mientras nos preparamos para cerrar el año, quisiera proponerte que en vez de hablar de cómo haremos balance (que es una palabra que me suena casi violenta en 2020), tomemos un enfoque distinto al asunto entre manos el cual sería, en este caso, arrancar la última hoja del calendario.

Mi propuesta tiene poco que ver con una reflexión o cuantificación de logros alcanzados, no porque no crea en las ciencias exactas, al contrario, sino porque, quizás como yo, estás presentando alergia a la tantísima realidad que nos rodea. Lo llamaremos “un sabio ejercicio de evasión”.

1. Identificación de las reglas no escritas, no habladas

Por ejemplo, hace poco me di cuenta de que me autoimpongo una durísima e inflexible regla; no sigo en Instagram a ninguna influencer de sombrero.

Dice la voz en off: influencer de sombrero hace referencia al prototipo de influencer de estilo de vida que posee un sombrero negro de alerón grande, quien se ha prometido recientemente en las Maldivas, que se toma fotos de espalda en todo lugar paradisíaco a donde llega, cuya casa nunca es un piso bajo sombrío, pero al contrario un lugar diáfano que cuenta de luz solar hasta de noche y que te imaginas siempre ubicado en California, independientemente de su nacionalidad. Es quien siempre que bebe un café, ha de esparcir virutas de un donut colorido que no puede comerse y cuyas fotos te hacen preguntarte si su pareja o mejor dicho amante fotógrafx no estará hartx de ella o él.

No hace falta adjuntar imagen ilustrativa porque sé que puedes imaginar tu propia versión de esto, pero en todo caso, mi intención tras la idea de identificar esta regla tan mía es hipotetizar qué dice ésta sobre mí:

Dice tal vez que quiero seguirme preguntando y encontrando otras maneras de belleza, trabajar en definirla bajo mis propios términos sin tanta «influencia» externa ¿sabes tú por qué sigues a quien sigues? ¿lo que consumes de ellxs te hace sentir bien?

Porque estoy casi segura de que intentas cuidarte de comidas y hábitos que tienden al exceso, pero ¿te cuidas también de los mensajes poco saludables que ingieres a diario?

¿Cuál es tu regla y qué dice de ti? Si no puedes pensar en alguna, te hago invitación abierta a que la crees de cara al próximo año.

2. Aprovechamiento de los talentos naturales

Durante toda mi vida he sido arduamente juzgada por mi manera inusual de dormir. Los comerciales de colchones no me han ayudado de ninguna forma y entonces me pregunto si existe además de mí, alguien en el mundo que duerma boca arriba, a modo de descanso eterno y con las piernas en forma de número 4, una doblada y otra extendida.

Entiendo que, a primeras, esto parezca un talento un poco prescindible, por utilizar una palabra amable, pero no fue hasta que tuvimos a Soja (mi gata) en casa, que me he dado cuenta de mi gran potencial, el cual siempre ha estado allí, que es servirle de cama humana.

Todo esto viene a decir un poco en broma y bastante en serio, que tú eres tu mejor críticx y que tal vez, no hayas considerado que, sirves para mucho más de lo que piensas. Cada vez que lo dudes, ojalá sí recuerdes que existe una publicación de Prosa donde puedes venir a refrescarlo.

Algo sobre lo que ilusionarte en el futuro: encontrar tu talento natural escondido.

3. Evolución y revolución

Si me lees desde hace un tiempo, sabrás ya que soy la primera en caer en la trampa de la machaca mental, la autoexigencia y demás. Sabrás ya también que, vivir con un aparato en la mano con acceso a la caja de espejos, no lo hace más fácil.

Por lo que, si quiero llevarme algo conmigo al 2021, como matemáticamente “te llevarías uno” al hacer una división, es que: el descanso es revolución.

Así como intento tomarme en serio todas mis responsabilidades, asumo una más: la de proteger mi entusiasmo y proveerme de mi propia alegría, así sea, abro comillas perdiendo el tiempo, cierro comillas.

Como diría Carmen Martín Gaite:

“Aquí no me encuentran” eso era lo primero que pensaba, y me instalaba allí a alimentar fantasías; los objetos en libertad parecen fetiches, los muebles son copas de árboles, estoy perdida en el bosque, entre tesoros que solo yo descubro, algo me va a pasar, todo consiste en esperar sin angustia, en dejarse a la deriva, hemos perdido el gusto por jugar y, en el fondo, es tan fácil, me voy a poner más cómoda.

El cuarto de atrás

Me voy a poner más cómoda.

Prosa Ojerosa

PD: Ninguna persona con sombrero sufrió daños durante la realización de esta publicación.

Las malas mañas

Mala maña #1

¿Sabes qué es raro? Que un libro muy lento me guste mucho. Porque cuando hablo de ‘muy lento’, en este caso, me refiero a un caracol atravesando una cancha olímpica techada de extremo a extremo, o bordar a mano un vestido de cuerpo entero con lentejuelas intercalando una negra y una azul.

Pero todavía más raro es que un libro en el que no subrayé nada, me gustase mucho. Porque generalmente, según me lo indica el hemisferio izquierdo de mi cerebro —¿ese es el de la lógica? — debo quedarme con evidencias físicas que sustenten que ha valido la pena pasar mi tiempo en esa historia. Madness.

Lo de subrayar es un decir porque un 80% de los libros que leo son de la biblioteca, con lo cual, me siento una verdadera capitalista cuando estoy subrayando a gusto un libro de mi propiedad privada. Es una broma, por favor, no quiero herir sensibilidades.

Afinco el bolígrafo, que mejor sea de un color vibrante y no me conformo con hacer una línea al costado del párrafo —no, no— paso por cada palabra, cada línea, hasta llegar al punto. Pero eso es en caso de… en el caso que nos atañe hoy, no tengo citas para demostrar que lo que he leído me ha gustado tanto como digo que me ha gustado. Y el objeto de mi confusión se titula “Milkman”.

Mala maña #2

Decía que “Milkman” es una novela en toda regla que, quizá ya has leído porque fue publicada en 2018 y ganó un par de premios importantes cuyos nombres se me parecen mucho entre sí. Anna Burns escribe sobre una ciudad anónima en medio de lo que se va intuyendo que es “the Troubles” de los años 70, de lo cual yo solo conocía el nombre y si no es por mis búsquedas obsesivas en Google al terminar la novela, no sabría mucho más.

Buscar obsesivamente en Google tras terminar lo que sea, es un nuevo lenguaje de amor, por si no lo sabías.

Mala maña #3

Lo que más me sorprendió de esta novela es que, para empezar, leí la sinopsis completa, cosa que nunca hago o, mejor dicho, “leo en diagonal” y aunque esta vez no fue así, no me reveló lo suficiente, que es ya un puntazo. Entonces, al adentrarme en ella, descubrí que la protagonista es “hermana mediana”, así, sin nombre, y los personajes secundarios son “el medio novio”, “el tercer cuñado”, etc. Tú entiendes la idea, no se nombra a nadie en 350 páginas y, aun así, terminas con Irlandadelnorteconflictos en la punta de los de los dedos a la una de la mañana de un martes, bien cansada.

Es absolutamente genial cómo la autora juega con el no nombrar para ambientar el misterio propio de un tiempo de represión donde ninguna persona puede darse el lujo de confiar en nadie y cualquier paso en falso, puede costarle la vida, sin que esta última sea una frase dramática o en un sentido figurado.

Mala maña #4

Me castigo mentalmente cuando un libro me está pareciendo lento y lo estoy disfrutando, pero me está pareciendo lento y no lo estoy disfrutando por lento.

esta niña ya es mínimo universitaria

Lo hago, me castigo, porque sé que es la maquinaria del más, más, más lo que está detrás.

¿Cuántas veces queremos terminar de leer un libro para que cuente en nuestro listado de leídos del año y cuántas queremos leerlo para disfrutar de leerlo?

Leerlo…

lo…

lo…

Mala maña #5

Relacionada con la anterior, no suelo escribir reseñas porque alimentarían la maquinaria del más, más, más y sus habitantes, pequeños duendes mandones con voces que solo oigo yo. A estos últimos los conozco bien, pretenden sitiarme y que haga lo que me ordenan.

Intentaré explicarme mejor; mientras queramos seguir leyendo más y sobre todo a mayor velocidad, para poder publicar sobre ello en redes sociales, el enfoque sigue siendo el mismo: los demás y no nuestro disfrute del verbo leer.

Como en 2018, cuando se publicó este libro, Prosa Ojerosa no existía y yo no seguía tantas cuentas sobre libros en Instagram, desconozco si en su momento hubo o no hubo hype. Tiene su encanto vivir la emoción de algo a destiempo y sin saber si otrxs lo consideraron digno de dicha excitación.

Mala maña #6

Mi propio hype es suficiente hype.

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Para finalizar esto que sigue sin ser una reseña, decirte que me vuelven loca, en el mejor de los sentidos, los conflictos históricos, sobre todo bélicos, narrados desde la perspectiva de las mujeres y más, si como el de Burns se trata de una mujer de 18 años hablando en círculos, representando su normalidad de manera tan cruda, porque son pequeñas joyas no tan fáciles de encontrar. Y es una de las razones por las que empecé esta suscripción.

“No era evidente que estuviera infringiendo nada, así que tal vez yo hubiera vuelto a equivocarme y él no infringiese nada. Sin embargo, mientras me hablaba, a pesar de mi confusión, supe que jamás debía subirme a uno de sus coches y que esa era una conclusión crucial (…) Mientras tanto, seguía ahí plantada, en el territorio de las cosas fingidas y las cosas sin enunciar de forma clara, y en esa zona por donde las personas no solo debían apresurarse, sino que deberían plantearse no pisar jamás. No obstante, allí estaba yo, en esa zona. Y él también estaba allí, y para entonces estaba tan nerviosa que había alcanzado ese estado de agitación emocional que casi podía causar fracturas psíquicas y en el que de pronto yo podía soltar un <<¡No!>> o <<¡Vete a tomar por el culo!>> o echarme a gritar o vete a saber qué. Pero lo que sucedió fue que aparecieron más hombres.”

Anna Burns

¿Tu también tienes “malas mañas”de leer?  y por último, ¿de verdad te pensabas que no iba a darte ninguna cita?

Prosa Ojerosa

El largo plazo y la brujería

Si se trataba de un viaje corto yo no deshacía la maleta. Apenas sacaba los zapatos y el neceser, esa es la verdad, me quedaba rebuscando en el bolso mientras durase la estadía: tales calcetines con cuales pantalones -¿y el cinturón?- escudriñando, desordenando, como regodeándome en lo fugaz.

No fue hasta que empecé a viajar con mi pareja que pensé en la otra posibilidad, viendo lo que para él era lo más natural; desempacar apenas entras a la habitación, colgar camisas, llenar los cajones y si te mueves suficientemente rápido, acaparar tú primero la mayoría de las perchas.

Pero creo que no acostumbro a moverme demasiado rápido y menos cuando algo parece pasajero, lo cual es irónico siendo ese el nombre que se nos da al abordar un avión, no nos engañemos, todxs sabemos a lo que vamos.

En retrospectiva, reflexiono sobre este punto y concluyo que el largo plazo siempre me ha reconfortado, lo cual no sé si es bueno o es malo. 

El largo plazo me reconforta para: 

  • Llegar a la vejez con licencia para ser, a la velocidad deseada, con las tetas caídas y menos pelos en la lengua.
  • Tener una amiga cuyxs hijxs se sientan como lxs tuyxs propixs de tanto verlxs crecer.
  • No perderme de las nuevas formas de ser mujer que me enseñarán mis sobrinas, al ir creando sus propias vidas.
  • Hacer hogar con la suma de todo lo que me provea el corto plazo.

Esas, solo por nombrar algunas, y aquí se viene la confesión: durante esta pandemia sin duración definida, lo he vuelto a hacer, no he deshecho la maleta. Miro con asombro a quienes se han mudado, han encontrado nuevos trabajos, creado nuevos proyectos, han tomado grandes decisiones y tengo que despertar repentinamente a la idea de que, es de todas formas perecedero, sea largo o corto el plazo, es limitado.

Nadie tendría que recordar a la madre pájaro de la importancia del traslado de todas las ramas en preparación para el nido, por temporal que sea su función. Sin embargo, si como yo, necesitabas una señal, la falsa certeza de una cantidad determinada de días para actuar, aquí estoy, para acompañarte y darte todo el permiso de ubicar tu ropa interior en una habitación quizá extraña, pero que es tan efímera como cualquier otra.

No basta con soportar la tristeza y el sufrimiento, tienes que amarlos, y respetar tus preguntas, tus dudas, esas que aparecen en la plenitud de la vida, cuando los deseos crecen y se esfuman. 

Catherine Meurisse ~ La levedad

“La levedad” es el testimonio gráfico de cómo Catherine Meurisse lidió con la pérdida tras la tragedia de Charlie Hebdo en 2015, el cual leí por primera vez la semana pasada y también hizo que pensara en lo relevante que es al menos intentar la transmutación, en este caso, de algo doloroso en algo bello y seguir insistiendo.

Así como me lo recuerda Ita, con su alquimia en la cocina y la transformación de la que es capaz con la luz del día, como la madre pájaro que mencioné antes, ella parece seguir creando imperturbable, (estate muy atentx a lo que trae). Me inspiran también, estos vídeos que ven millones de personas por la misma razón, o tal vez por otras diferentes, pero para mí, porque son evidencia de lo que somos capaces. 

Y finalmente, como estas señoras mexicanas (T.2 Ep. 2) preparando platos casi en el centro de la tierra, a punta de tradición, nos indican que a fuego lento, nada se quema.

Prosa Ojerosa

Cuando todo ya está dicho y hecho

No crecí físicamente cerca de mi familia materna. Mi abuela por parte de madre, vivía en la capital y nosotros íbamos una o dos veces al año.

Esos viajes a Caracas a lo largo del tiempo, ya fueran en diciembre, vacaciones o Semana Santa, están todos mezclados entre sí en mi memoria, con muchas escenas en común; el móvil colgante de la entrada hecho de palitos de colores, que se movía impulsado por la puerta que la abuela abría con una sonrisa en la cara. La sonrisa era casi risa como si viniera de un sitio donde le acabaran de contar un chiste muy bueno y los palitos, los palitos chocaban haciendo sonidos agudos parecidos a la flauta, mientras el viento, afanado, traía de la cocina los olores de todo lo que ella había venido preparando.

El muñeco de madera —¿un pastor?— con el que mantenía conversaciones solo porque era de mi tamaño, era el mismo que, cada vez que regresaba, había dejado un poquito más atrás en estatura hasta que dejó de interesarme del todo y de notar su presencia. La figura del santo José Gregorio Hernández en la ducha del baño que no utilizaba, la cocina de azulejo amarillo —qué contradicción— y el suelo de granito gris, casi negro, que se sentía tan frío al tacto.

Pero sin duda, de las escenas que se repiten, hay una que destaca. Es mi tía Myrzan, una de las tías menores y mi única madrina, que casi desde que aprendí a hablar con algún sentido, se dio a la tarea de abrir una conversación conmigo de la siguiente manera: “Adriana, ¿y que te casas?, me dijeron que te casas” para grabar en cassette mis respuestas, o escribirlas en un cuaderno.

Aquí lo dejo para lxs que tengan sobrinxs, nietxs o hijxs con quienes puedan aplicarlo. 

No tengo conmigo este material tan valioso, que ahora moriría por leer/escuchar, pero según me cuenta ella, en alguna ocasión, bien pequeñita, hablé de que la boda ya no iba porque mi prometido me había dejado por calva y se había buscado una nueva novia con un pelo mejor. Ante todo el drama.

Y a lo que voy, ¿quién se da el lujo de escribir por gusto? ¿Quién se pudiera permitir imaginar porque sí?

“La imaginación puede transfigurar la materia oscura de la vida. Y en muchos ensayos personales y autobiografía es eso lo que empiezo a echar de menos, a ansiar: la transfiguración. No me basta con reconocer nuestras penas compartidas y familiares. Quiero reconocer algo que nunca he visto.”

Ursula K. LeGuin ~ “Contar es escuchar”

Pero la verdad es que no es fácil escribir sobre nada, lo he pensado muchas veces y lo leí aquí mucho más bonito:

“No es tan fácil escribir sobre nada. Palabras tomadas de una voz en off en un sueño más absorbente que la vida”

Patti Smith ~ “M Train”

Estoy de acuerdo. ¿Qué pasa cuando lo que escribes no lo está buscando nadie en Google? Cuando no se trata de una solución, una receta, una fórmula, cinco tips o un croquis. Me digo: debes seguir igualmente.

En el mundo de hoy, ya nadie escribe para nada, parece que todxs lo hacemos para ser encontradxs y debemos dar respuesta a frases objetivo que en verdad son preguntas de incógnito, desprovistas de los signos de interrogación.

Poco a poco, siento que ya no existen las estaciones si no es para que podamos vender en torno a ellas. Y me causa una pequeña tristeza que ya nadie puede sentirse original o especial al estar rodeadxs de vitrinas de talentos ajenos. 

Perdóname, a veces actúo como una coleccionista de sensaciones y sentimientos vintage a tal grado que, me los imagino en una estantería dentro de bolas de cristal con nieve falsa, de las que se tenían que agitar. Allí las veo, la primera dice “soy especial”, la otra “mi talento es único”, y por último “mi idea es revolucionadora”. De cada una solo queda un ejemplar.

Lo que asumo yo que incitó a Walt Disney a hacer bosquejos, a Beatrix Potter a dibujar el mundo fungi, animal, y escribir cuentos, lo que provocó que Sara Blakely creara un producto nuevo desde cero mientras vendía máquinas de fax, eso, ya no está más.

O, hay que luchar el doble por preservarlo, desconfiar de los espejos desfigurados y aun sabiéndote unx más, un poco más ordinarix de lo que hubieses deseado, perseverar, continuar creyendo y aprendiendo, por la relevancia única de tu mismísima vida irrepetible.

Y porque tal vez, aunque seas la nieta y sobrina número 18, todavía haya quien quiera escuchar de ti con quién te casarías si tuvieras 5 años, pero sobre todo saber qué estás imaginando, como si tal cosa importara.

Vivan tú y tu capacidad para inspirarnos. 

Prosa Ojerosa

El limbo millennial y otros planes vacacionales

No merezco que me llamen millennial. Es decir, no me siento merecedora.

Se supone, según algunas definiciones, que estos son lxs que nacieron después de 1983 y si así fuese, yo lo sería, entonces tal vez me equivoco, pero quien se haya “enamorado” en una plaza o recuerde tener que “desocupar” el teléfono de casa para que otro pudiese llamar, creo que está marcadx quizá por demasiados eventos a la antigua para poderse llamar millennial a sí mismo.

Inclusive antes de esto

Sin embargo, la tecnología ha permeado bien en nuestras rutinas, inclusive a quienes, como yo, ya teníamos rutinas establecidas antes de que las redes sociales fueran adictivas.

Aún así, ahora que hasta adultxs mayores de 60 años pasan más tiempo jugando a Candy Crush en Facebook que leyendo el periódico, me digo: ya son pocos lxs afortunadxs que pueden, sin temor a equivocarse, asegurar que viven en el limbo millennial, a la deriva de los acontecimientos del hashtag, absolutamente maestrxs y señorxs de su tiempo libre.

He hablado antes sobre la inexistencia del tiempo muerto que ahora es solo “scrolling” y como hay veces que me quedo sola en una mesa en público, (¡en público!, pero ¿qué?, ala… ¿qué le pasa a esa chica mirando al vacío? -dicen, en mi cabeza) y tengo que hacer un esfuerzo consciente para no buscar la distracción en mi teléfono. Sé que no estoy sola en esto.

Sé también que es algo muy pre-milenial, este experimento de no mirar tu móvil cuando te quedas solx antes de pedir las bebidas. ¿Por qué exponerse a la propia psique de manera tan violenta?

Pero me voy por la tangente; en mi modesta muestra, (de Instagram irónicamente) pregunté cuántxs sentían que quisieran leer más seguido y un 65% de las personas respondió afirmativamente, de las cuales un 70% culpa a las distracciones del móvil y redes sociales de no hacerlo más seguido, mientras que otro 70% de la muestra reconocía sentir algún nivel de preocupación por cómo reparte actualmente su tiempo de ocio.

Todo lo que necesito para convertirme en la mujer que estoy destinada a ser a continuación, está dentro de mis sentimientos acerca del ahora ~Susie Moore

Tal vez haya mucho material y potencial de cambio en esos sentimientos del ahora, como para perdérnoslo del todo. Te lo digo a ti mientras me lo tengo que recordar a mí misma. Bien adentradx en el milenio, este limbo es un lujo y estoy un poco obsesionada con entrar en el mercado inmobiliario de este complejo vacacional. Quiero entrar a vivir.

Unas vacaciones que consistan en el nivel de ruido justo, el que de verdad dejemos pasar y disfrutemos. No aquel que, de manera automática, me tenga atenta a las notificaciones cada 7 minutos o pensando por qué se me han ido otros 20 mirando un vídeo que ni siquiera recuerdo empezar a ver.

Tampoco aquel que invite las historias ajenas a mi cuarto antes de que me quite las lagañas, y lo sé, es muy de señora mayor empezarse a preocupar por estas cosas. Lo interesante es que no sé cuál es el siguiente nivel de “señoritud” que voy a desbloquear.

Lo que sí me preocupa es que cuantifiquemos la valía por números de seguidores y en base a eso, ponderemos si contestar o no un mensaje privado, que nos sintamos menos como «marca personal» porque no producimos tanto ni a la misma velocidad, cuando lo que cabría repensar es que habíamos venido a la fiesta a ser primero personas y solo cuando todo se tornó congreso con sesiones de networking, nos hemos pasado a marcas, pero en principio queríamos solo ser personas.

Sí, “las redes” son fantásticas por la visibilidad exponencial que nunca alcanzarías de lo contrario, también para encontrar grupos afines y personas maravillosas con las cuales relacionarte o colaborar, pero en el mundo actual donde quienes participamos de unas redes sociales hacinadas, nos vemos en la necesidad de gritar alto y más alto, entrar a modo silencio y ausencia me hace sentir que exploro todo un nuevo nicho. ¿Te pasa?

Otra cosa que me preocupa también es que nos definamos por biografías de 70 caracteres, madre de Gerard, capricornio, ciudadanx del mundo:

Pregúntale a una mujer quién es, y te dirá a quién ama, a quién sirve y lo que hace. Soy madre, soy esposa, hermana, amiga, mujer de carrera. (…) Si una mujer se define como esposa, ¿qué pasa cuando su pareja se va?, si una mujer se define como una mujer de carrera, ¿qué pasa cuando la compañía quiebra? Quienes somos se nos arrebata perpetuamente, entonces vivimos con miedo en vez de en paz. (…) Construimos castillos de arena y tratamos de vivir dentro de ellos, temiéndonos que la marea suba. Responder a la pregunta ¿a quién amo? No es suficiente. Para vivir una vida propia, una mujer debe también contestar: ¿Qué amo? ¿Qué me hace cobrar vida? ¿Qué es la belleza para mí y cuándo me tomaré el tiempo para llenarme de ella? ¿Quién es el alma debajo de todos estos roles? Cada mujer debe contestar estas preguntas, antes de que venga la marea. Los castillos de arena son hermosos, pero no podemos vivir en ellos. Debemos recordar, soy la constructora, no el castillo.

~Glennon Doyle, Untamed

No quisiera desvelar nada más acerca de esta lectura puesto que estoy preparando algo en formato vídeo sobre ella.

Pero mientras, ¿qué es la belleza para ti y cuándo te tomarás el tiempo para empaparte de ella? no tengas dudas, necesitamos de ese tiempo que desperdiciamos como si sobrara, necesitamos de él como si fueras persona y no marca, pretendiendo que tus ojos son los únicos testigos por aquello de que, al final, son los únicos testigos que importan.

Prosa Ojerosa

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