Chau nº tres fue mi primera despedida

Todo el tiempo están ocurriendo.

Ocurren todos los días. Las despedidas.

Les tengo miedo desde que mi país natal empezó a ser un colador de pasta con los agujeros cada vez más dilatados.

Antes no, las despedidas eran, solo tan malas para el cuerpo como las que narra Andrea Abreu López en “Panza de burro” al apartarse de Isora. Ahora son más permanentes y definitivas, capaz de hacerte llorar por un video de cumpleaños dedicado a un señor que no conoces, familiar de alguien que sigues en Instagram.

Actualmente, las despedidas hacen callo, se te vuelve la piel más áspera, como si hubieses trabajado los campos, pero en verdad viene a ser una capa protectora ante la separación, que es el único desenlace posible unos días después de la llegada.

Te despides y hay quienes te entienden más y quienes te entienden menos, porque solo lo pueden ver desde el punto único del que tiene toda la vida y sus integrantes, en un solo lugar geográfico.

Lo que yo quería decirles, cuando me alejaba en la bicicleta, y a la mañana siguiente, y todas las mañanas, es lo que quiero decirte a ti ahora: “Lo siento.” Siento que aún tuviera que pasar mucho tiempo para que volvieran a ver a sus seres queridos, que algunos no lograran regresar con vida a través de la frontera del desierto, víctimas de la deshidratación, de que los capturaran o asesinaran los cárteles de la droga o las milicias de ultraderecha del crack en Texas y Arizona. “Lo siento.” Eso querría decirles.

Ocean Vuong ~ «En la Tierra somos fugazmente grandiosos»

Voy por la mitad de este libro que me está rompiendo el corazón y curándome los raspones al unísono, usando agua con azúcar, como la que me dio mi mamá la vez que decidí “afeitarme” la cara con la maquinilla de mi hermana mayor y bajé a la fiesta de mis tíos fingiendo total serenidad, a la vez que presentaba varias cortadas autoinfligidas en la boca.

En ese tiempo, mi estatura me permitía alcanzar ya, casi todos los peligros y, además, a diferencia de hoy en día, contaba chistes a petición del público. Los chistes no me los copiaba de nadie, me los inventaba yo misma; los contaba entre sorprendida y satisfecha de que funcionaran tan bien en mi audiencia -parece ser que la gente grande es un poco tonta, al fin y al cabo-.

Adelantando la película al día de hoy, me percato de que, a cada rato, me despido de quienquiera que fui.

Hago las paces también con lo que no soy, constantemente.

No soy Midge, (The Marvelous Mrs. Maisel) en la escena donde todos la conocen en el diner, saben de su vida, le conceden la mejor mesa o saben lo que va a tomar antes de que haga la orden. No soy Midge porque ya no me invento chistes, ni me acuerdo de los que otras personas me cuentan.

Tampoco soy ella cuando me he creído poco memorable desde que Adriana, para muchxs es el mismo nombre que Ariadna o Andrea y me falla el impulso de corregirlxs.

No me parezco a ese personaje porque soy bastante mala para lo que los gringos llaman “small talk” y aunque en unas cuantas oportunidades, mi madre quiso advertírmelo bajo la frase “no seas como yo” y quiso que supiera las desventajas de serlo en un mundo donde se valora tanto la extroversión, es que —¿la verdad?—soy bastante como ella.

Me despido de ser yo la que cuida bien las plantas cuando lo que soy es una asesina impune y una vez lo acepto, eso me deja más espacio para ser la que las admira y fotografía, en el imperfecto balance entre lo que quiero ser y lo que puedo dejar que otrxs sean, entre lo que de verdad quiero aprender y lo que puedo consentir que no sea parte de mi identidad.

Cuando el deseo insista, me quiero creer capaz así:

ciegamente

Cuando el deseo no esté, quiero escucharme atenta y me quiero capaz de cambiar, ágil. Cambiar de parecer, mudar de narrativa mental. Si me despido, que sea de mí.

Prosa Ojerosa

PD: ¿Quién NO eres y está bien decirle ‘chau’?

21 comentarios en “Chau nº tres fue mi primera despedida”

        1. Ay, Adriana, ya me tienes otra vez pensando. Yo que ando liadísima con mis propósitos para el nuevo curso y ahora esto! Me has tocado la tecla… Porque le estoy diciendo chao a tantas cosas! Te lo voy a contar en un cuento. Un abrazo

          1. OH, ya me tienes en ascuas y con ganas de leerte <3
            Otro abrazo grandote, abarcando deseos de que se dé el ambiente propicio para que puedas alcanzar tus nuevos propósitos 🙂

  1. Sin duda, NO soy la persona que tengo en mi cabeza que soy. E incluso a veces, aceptarlo me da paz y me quita presión (pero me cuesta).
    Una vez más Adriana, te admiro ya por muchas cosas pero tu forma de escribir fue la primera y la que permanece. Viajo un ratito cada vez que te leo.

    1. A mí también me cuesta. Quizá es que lo queremos ser todo y ser lo que somos ya, es bastante bueno. Gracias por abrirte y decírmelo.
      Iby, y GRACIAS por el regalo de tus palabras, no puedo llegar a expresar lo mucho que se sintió como un abrazo.

  2. Me ha encantado 😍 aunque debo reconocer que eso de despedirse de una misma me produce una extraña tristeza, pero sé que te refieres al crecimiento, al cambio obligado, a la mejora, así que debo tomármelo como algo positivo.
    Esa dicotomía entre lo que somos y lo que no somos me resulta muy familiar, ya que es una pregunta que me hago a mí misma a menudo y no siempre sé responderme.
    Me hizo mucha ilusión darme cuenta de que era jueves y de que había un texto tuyo esperándome.
    Gracias por compartirlo con nosotras.

    1. Sí, no voy a pretender que «despedirse de una misma» sea indoloro o fácil, por muy poético que suene ¿verdad? pero lo que sí estoy segura es que intentar serlo todo no es más sencillo.
      Me hace mucha ilusión a mí, la ilusión que te hace un jueves de prosa. Me da vida 🙂
      ¡Gracias a ti! <3

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