Lo poco que se necesita

Antes de conocer el miedo, escribí un cuento que me gustó mucho y del que estaba súper orgullosa, el título era, no te lo pierdas: “La salchicha americana”. Si no recuerdo mal tenía 13 años, pero no logro imaginar de qué podía ir la historia. Todavía me da la risa cuando pienso en ese título.

Antes de conocer el miedo (o tal vez, era demasiado inexperta para reconocerle a tiempo), me propusieron una beca para estudiar arte que ni siquiera consideré como una opción. Tenía 18 años, no recuerdo por qué no lo comenté con nadie en su momento.

Pero desde que le conozco, sé que son varios, mis miedos, y siempre han sido mucho más grandes dentro que fuera. Es curioso como nadie puede verlos y, aun así, tienen la capacidad de ser tan reales.

Te pregunto entonces ¿Qué pasaría si todo lo que hicieras, lo hicieras para ti mismx y nadie más? Sin la decepción que te observa por la rendija de la puerta entreabierta, sin el “¡ya lo sabía! Que fallarías…” en la punta de la lengua.

“Una de las muchas cosas que siempre me han gustado de escribir (no confundir con publicar) es que lo único que necesitas es tu imaginación. Independientemente de quién seas, puedes escribir. Tu aspecto físico, en especial, no importa.”

Roxane Gay en «Hambre»

Qué especial es todo para lo que se necesite poco- pienso. Puesto que constantemente nos exigimos tanto.

Solo jabón y agua para hacer burbujas, las cosquillas para hacer reír, la música para evocar… la masa madre para ser alguien… Este chiste no envejecerá bien, lo sé.

Dice James Rhodes:

“Rumi, un gran poeta persa, escribió: En algún lugar del exterior, más allá de las ideas del acierto y del error, hay un jardín. Nos vemos en él”.

Si tuvieras la certeza de que todos estamos ensayando ¿te dejarías llevar más sueltx y livianx? Si tuvieras evidencia científica de que podemos triunfar mientras estamos obligadxs a aprender sobre la marcha, ¿te pondrías en marcha de todas formas?

La evidencia existe, se llama vivir, creo.

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Sin embargo, los miedos esta vez se habían hecho tan grandes como mi sombra. Como una sombra del final de la tarde de verano donde tus piernas se estiran y pareces esbelta por un momento, pero es solo el sol que no quiere irse, haciendo rabietas anaranjadas para no tener que despedirse.

No sé si es normal, pero pienso en ellos, al ver que mi gata se convierte en león dibujado en la pared cuando la apunta la lámpara de la mesa de noche y nos preparamos para dormir. Entro a la cama sintiendo que las ventanas dejan al aire pasar y ella me sigue rápidamente como queriendo decir ¡al fin! ¡Cómo te haces de rogar!

Por un momento recuerdo la alarma para mañana, enumero los sueños que soñaría al dormir si no estuviera tan cansada y en los que tengo por cumplir, una vez despierta.

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¿Recuerdas con lo que soñabas cuando no sabías a qué tener miedo o de ni siquiera de qué color era? ¿Te acuerdas de lo que te gustaba antes que otrxs señalaran en otra dirección y tú, distraídx por los objetos brillantes, les prestaras atención?

Yo me acuerdo que era sencillo, que se sentía alcanzable y parecido a ti y a mí. Que ibas a ser cineasta porque hacías las mejores maquetas con plastilina y pensabas/dibujabas (¿no es lo mismo?) por escenas. Ella iba a ser maestra porque ordenaba papeles, enfática, los cuales calificaba afincando el boli con fuerza.

¿Qué te exigirías hacer hoy si supieras que solo tienes que cumplir una cosa? ¿Y si te dijera que al día, no se requiere de ti más que eso? Lo poco que se necesita de ti, es un paso.

Prosa Ojerosa

PD: muy relacionado con esto, o no del todo, algo que hizo que se me escapara una carcajada en semanas pasadas. Resulta gracioso, porque es verdad.

4 comentarios en “Lo poco que se necesita”

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