Los miedos y las preguntas sin respuesta

¿Quién iba a decir que un día no íbamos a distinguir domingos de lunes y que habría tanto silencio en la ciudad? -eso pienso, mientras veo por la ventana el árbol que en marzo todavía no está ni cerca de reverdecer, tan pelado como una rodilla, sigue protagonizando este invierno del 2020 que ya es primavera y que tendrá pocas oportunidades de darme alergia.

Desvío la vista hacia el libro de Rupi Kaur que a veces me anima, con sus ilustraciones de trazos incompletos, un poco como se sienten nuestras vidas en este momento, interrumpidas.

Y dice:“Estoy hecha de agua, por supuesto que soy emocional” Sin punto seguido o final, qué razón tiene.

pág. 179 de «The sun and her flowers»

Insisto, ¿nos estamos dejando sentir lo suficiente?

A la vez que pienso en no-sentir, sin querer me pongo a escuchar, mientras el cursor de la página de Word me espera y no escucho nada en la calle en un principio, hasta que pasa el autobús que en su transitar hace un ruido distinto al de cualquier otro coche ¿Te habías dado cuenta de eso alguna vez? Puedo también contar el número de botellas de vidrio que ha bajado el vecino, las deposita una por una, sin prisa ninguna.

Pausa para aplaudir al personal sanitario a las 8.

Prácticamente mi única actividad lúdica estos días es bailar “Resistiré” sosteniendo una linterna para que mis vecinos de unos cuantos edificios más allá, los cuales nunca he conocido, me vean, para que sepan que estoy aquí.

Queremos ser vistos, ¿quizá allí empezó el problema?

Me pregunto si en 1918 cuando brotó la gripe española, también era importante hacernos ver como eruditos espirituales capaces de adaptarnos a cualquier situación o circunstancia de un salto, para de la noche a la mañana vender fórmulas mágicas.

¡Basta!- digo, golpe en la mesa. Tenemos miedos y no tenemos respuestas. En la era de alexa, el coach y el experto, En la era de Google, aceptemos hacernos preguntas que no podamos contestar y hablar de miedos en plural:

Miedo a la escasez

La escasez de las horas y minutos, la escasez de recursos.

¿Cuánto tiempo durará?

¿Cuánto tiempo quedará?

¿Tendré suficiente para?

Cierto es que no soy nadie para acallar tus temores pero por este momento, ahora mismo, tienes todo lo que necesitas. O como dice, Adam J. Kurtz: “Pasan cosas buenas, el amor es real, estaremos bien».

Te dediqué al final de esto, una postdata.

Miedo a la abundancia

Todavía en medio de las muertes y de los sacrificios de muchos, tenemos miedo de engordar. Me incluyo.

Continuamos encerradxs pero no solo en casa, sino en la tortura de nuestra mente, que nos indica que eso no está bien. ¿Te has parado a preguntarte por qué alguna vez te resististe a ser gordx? ¿Por qué no te gusta verte así? ¿Por qué no quisieras serlo?

Como dije, no tengo respuestas, pero sí alternativas: pretendamos que son otros tiempos donde los kilos se cotizaban al alta y consumamos dos donuts al día si apetece. Entonces, si es que todo siempre ha estado decidido por el marketing, permitámonos borrar el filtro que éste ha puesto sobre nuestro cuerpo y decidamos de nuevo si nos gusta realmente o no. Pregúntatelo una vez y de nuevo otra, hasta que la respuesta sea sí.

Lo sé, sé que por desgracia el amor propio no funciona así.

Pero sea como sea, no dejes de hacer click en el enlace anterior; son anuncios publicitarios de productos para ganar kilos entre los años 1930 y 1950. Tampoco dejes de visitar esta publicación de Raquel Lobatón para ayudar en el debate que te propuse.

Miedo a no estar aquí

Y la verdad es que lo que nos permite sentir todos estos miedos es el hecho de estar vivxs.

La suerte de estar vivx, es el recordatorio cruel que se nos otorga, envuelto en esta ciclicidad que nos rodea, la ciclicidad de la economía que aun sin quererlo, tiene que entrar en recesión tarde o temprano, la ciclicidad de las estaciones que 102 años después trae de nuevo una pandemia en marzo, asimismo, se nos presenta este tiempo, el recurso más finito y más menospreciado, forzándonos a abrir paréntesis y a reconocer nuestra fragilidad. La ciclicidad de la luna y la marea, la de las olas que se «rompen» pero, aun así, no paran de venir.

Estoy hecha de agua, por supuesto que soy emocional.

Prosa Ojerosa

PD: Me doy cuenta de que, no puedo ayudar en mucho y que quizá esta entrada no haya sido reveladora en ninguna forma. Así que en una manera mucho más práctica, que es como a veces me da por afrontar la vida, he creado un Excel de seguimiento de gastos, que he titulado «Seguimiento de abundancia», para ayudar a cualquiera que en este momento haya tenido un recorte (inoportuno, siempre) y abrupto, de sus ingresos.

Lo único que tienes que hacer (aparte de descargártelo) es activar un recordatorio en tu móvil cada viernes por la mañana (o cuando quieras), para abrir la aplicación de tu banco y apuntar los movimientos que han ocurrido dentro de este Excel. Te prometo que te dará luz sobre en qué partidas debes poner más control, y también te hará más consciente de cuándo has tenido un excedente que puedas correr a guardar para momentos como… éste.

Hay una columna de previsto y otra de real, con la intención de que un día al mes te sientes a pensar en qué esperas ganar y gastar en el mes que entra.

Estoy aquí. Saldremos.

4 comentarios en “Los miedos y las preguntas sin respuesta”

  1. Querida Prosa: has dado de lleno en el clavo. Esos son los miedos: a la escasez, a la abundancia y a no estar aquí. Yo sumaría otro que se hace muy patente en estos días: el miedo a la enfermedad. Has conseguido que les ponga nombre y, reconociéndolos, los puedo, al menos, saludar cuando llegan.
    Es verdad que te eché de menos el jueves pero pensé que estaba equivocada y que estaba queriendo acelerar el tiempo
    Un abrazo virtual
    Mari Trini

    1. Gracias por este refuerzo positivo tan generoso que siempre me brindas.
      Soy yo la verdadera afortunada de que estés aquí atenta y dispuesta a compartir. Un abrazo, Mari Trini💓

  2. Sí, quizás llevemos demasiado tiempo alimentando la ilusión de control y los espejismos de las certezas. Quizás ésto venga a meternos un buen meneo en ese sentido… Ay, pero qué pereza…

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